31 October 2015

Simes y nomes del quinto bimestre

Sí o no, sin términos medios, porque los términos medios no sabemos lo que hacen pero los extremos se tocan.

  • Lo que sí:

Una historia conmovedora, asombrosa y genial, de Dave Eggers

Si algo saben los norteamericanos sobre Retórica es que para ganarse al público lo mejor es empezar con algo gracioso. Por eso va Dave Eggers y en las primeras páginas del primer libro de toda su vida planta el prólogo más irresistible —posmoderno, eso sí— que un servidor se haya echado nunca a las pupilas. Con cosas así se gana uno lectores para tres o cuatro libros más (como mínimo). Habrá gente que piense que Eggers pone demasiado empeño en ser guay. Tienen razón: Eggers se esfuerza demasiado. Muere por gustar. Así que uno de los temas principales del libro —autobiográfico—, si no EL TEMA principal, acaba siendo cómo conseguir molar lo más posible en todas y cada una de las situaciones de la vida. Que Eggers te cae bien, entonces el libro no puede sino molarte. Que no te cae bien, entonces es muy probable que no te mole, pero no es imposible que sí. A mí Eggers me cae bien. Me ha ganado para tres o cuatro libros más (como mínimo). Pero para que no digan ustedes que no pongo nada de contrapeso en el otro platillo de la balanza, les contaré que el anterior propietario del libro —un saludito a las librerías de segunda mano— dejó anotado esto en la primera página: "Leída. Malísima". Estoy seguro de que a Eggers le haría gracia. Es así de guay.

¿De qué vas?, de William Sutcliffe

No sé por qué la gente, cuando opta por un libro corto y ligero después de haber estado enfrascada en uno largo y denso, dice que es para "desengrasar", como quien cena una ensalada después de haber comido un cocido. ¡Pero si es todo lo contrario! Los libros facilones nos ayudan a mantener engrasada la maquinaria de la lectura. No se trata en realidad de cenar ensalada, no, se trata de cenar un yogur griego: alto porcentaje de grasa pero en una porción de alimento pequeña que ni siquiera requiere el esfuerzo de masticar. Dicho esto, ya puedo contarles que ¿De qué vas? ha sido mi yogur griego del bimestre (o mi ensalada, si se empeñan ustedes). Un cínico escritor inglés riéndose de esa costumbre tan occidental de irse a países del Oriente (India, en este caso) en busca de experiencias espirituales. Yo, que sudo solo de pensar en pisar un país en el que haya más tipos de parásitos que en el mío propio, he sonreído bastante.

Los siete años de abundancia, de Etgar Keret

Creo que ya lo he dicho alguna vez en algún lado: desconfío de la unanimidad. No me creo, por ejemplo, que un escritor le pueda gustar a todo el mundo. A individuos como Mircea Cărtărescu, Hilary Mantel, Anna Starobinets o Ray Pollock, que no dejan de recibir elogios, los tengo bajo sospecha. Hubo un tiempo en que tuve incluso a Bill Bryson bajo sospecha. Figúrense. Pero ya no. Y desde hace mes y medio tampoco a Etgar Keret. Me podría pasar un día entero leyendo artículos de Etgar Keret, con sus anécdotas, su sentido del humor, su ternura, su destreza para recoger y amplificar el sentido de todo el artículo en la frase final. Nunca me he explicado como puede nadie contar su vida de manera lineal, desde que era niño hasta que se convierte en un adulto que escribe su biografía. Contarle tu vida a alguien, en la calle, no en las páginas de un libro, se parece más a lo que hace Keret aquí. Desconozco si fue publicando estos artículos periódicamente en algún lado pero reunidos en un solo volumen conforman un conjunto coherente, sin apenas redundancias, como capítulos de una novela. En fin, ya saben, uno de esos casos en que el todo es mayor que las partes.

La historia de tu vida, de Ted Chiang

Está considerado uno de los mejores libros de relatos de ciencia ficción de toda la historia. ¿Es para tanto? Bueno, para que se hagan una idea, yo, con el poco tiempo que tengo para leer cuentos, me lo acabé en tres días sin intercalar ninguna otra lectura. Así que sí: algo tiene. Casi todos los cuentos del libro tratan de un modo u otro sobre la percepción, sobre los factores que influyen en nuestra forma de captar el mundo y acaban determinando nuestro comportamiento. El punto fuerte de Chiang es su habilidad para desarrollar los argumentos y cuando digo argumentos me refiero tanto a la historia como a las reflexiones, los razonamientos y las ideas que se despliegan en el relato. Porque sí, Chiang cuenta historias, historias con planteamientos brillantes, clímax explosivos e interés humano, y además utiliza esas historias para reflexionar, para exprimir una idea hasta casi agotarla. Sus cuentos no discurren ni van a la deriva, sus cuentos progresan. Y ahora una advertencia: Chiang no es un estilista, no hace literatura experimental, el acabado de sus cuentos es bastante clásico. Piensen en Sturgeon más que Dick, en Asimov más que en Ballard, en Keyes más que en Lem. Y la traca final: Denis Villeneuve (Incendies, Prisioners, Enemy) va a adaptar al cine uno de los relatos: La historia de tu vida. Yo ya me estoy relamiendo.

Mi enemigo mortal, de Willa Cather

Si fuera uno de esos blogueros que planifican su año lector y a finales de diciembre hacen un resumen de las mejores y las peores lecturas, les iría avanzando que este es uno de los mejores libros que voy a leer este año, si no el mejor. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque es una de las mejores novelas cortas que he leído en toda mi vida. Pueden coger esta afirmación con pinzas, espátulas o manoplas para el horno porque la verdad es que tampoco he leído tantas novelas cortas a lo largo de mi vida (las Novelas Ejemplares de Cervantes, Carta de una desconocida de Zweig, Otra vuelta de tuerca de Henry James), pero si confían en mí aunque solo sea un poquito háganme caso: Mi enemigo mortal es algo así como perfecta. En la traducción de Gema Moral Bartolomé, tiene la cantidad justa de adjetivos, sustantivos y verbos, dispuestos —junto al resto de los elementos gramaticales, claro está— en el orden más idóneo para el disfrute estético y la alteración emocional. Y si no confían en mí lo más mínino, sepan al menos que es una de las pocas novelas norteamericanas que Truman Capote salvaba de la quema.

La vida después de Dios, de Douglas Coupland

Los voy a llamar relatos mandarina. En este libro hay ocho. ¿Por qué mandarina? Porque tienen gajos. ¿Gajos? Gajos, sí. Me explico: cada gajo viene a ser un pequeño texto unitario (con unidad de sentido) encabezado por un dibujo del autor. Agunos son meras reflexiones sobre algún aspecto de la vida o del mundo (la felicidad que da contemplar a los pájaros), otros son anécdotas o recuerdos del narrador (aquellas travesuras de su hermana) y en otros se desarrolla el marco narrativo del relato. Y digo marco narrativo porque historia, lo que se dice historia, no tienen. En todos ellos hay un narrador en primera persona que parece estar atravesando un momento de crisis y se detiene a reflexionar sobre cómo ha llegado hasta ahí. Los golpes de la vida. El tono es este:

"Me obsesionaba ser incapaz de tener una relación, de compartir la intimidad. Sentía como si los demás vivieran dentro de una casa cálida de noche y yo estuviese fuera, y no me pudieran ver; porque me hallaba allí en la oscuridad. Pero ahora estoy dentro de esa casa y siento lo mismo".

Deberían saltar todas nuestras alarmas de lector posmoderno en contra de la autocompasión, la falta de ironía y la palabrería coelhiana pero no saltan. A pesar de los riesgos, a Coupland le ha salido bien. Los ocho relatos mandarina llegan.

Aquí y ahora, de James Ponsoldt

Coincidencias. Leo en este blog una entrada en la que mencionan Esplendor en la hierba. Pongo la tele y en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, la peli de Almodóvar, dos personajes van al cine a ver Esplendor en la hierba. Veo Aquí y ahora —cuánto mejor suena el título original: The Spectacular Now— y me encuentro con una especie de actualización de Esplendor en la hierba. Por supuesto, no es ni la mitad de buena que Esplendor en la hierba pero también se las arregla para emocionar con el tópico del ya nada nos puede devolver la hora del esplendor en la hierba (William Wordsworth), también conocido en su variante nada dorado puede permanecer (Ponyboy en Rebeldes, de Susan E. Hinton, citando a Robert Frost). Dos poetas: miren si la peli me ha puesto moñas.

Rocket Science, de Jeffrey Blitz

Si les contase la premisa de esta película —y ahora voy y se la cuento: un chaval tartamudo entra en el grupo de debate de la escuela—, ustedes visualizarían inmediatamente una historia de marginación adolescente y superación personal, una mezcla entre Napoleon Dynamite y El discurso del rey. Pues sí pero no. El no: no dramatiza en exceso el problema del protagonista (no hay bullying), esquiva algunos de los grandes tópicos de las pelis de instituto (alumnos populares vs. frikis, profesor de literatura comprensivo, baile de promoción...), la moraleja no es exactamente la que uno podría esperar (no, la peli no es un manual de autoayuda). Todo esto, bien. Incluso muy bien. Pero no les voy a engañar: la película se queda a medio camino de casi todo. Si consigue hacerse entrañable —y sí, lo consigue— es por los toques de comedia excéntrica, por la elección de la banda sonora y por la simpática determinación del protagonista.

El mito de la adolescencia, de David Robert Mitchell

Después de flipar con It Follows —algo tiene esta peli para que hasta los guionistas de The Good Wife la recomienden por boca de uno de los personajes de la serie— lo primero que hice fue lanzarme en busca de más cosas del mismo director. Obsesivo compulsivo que es uno. Al parecer, en EEUU es típico que los chavales se reúnan la noche anterior al comienzo de las clases, en plan fiesta pijama. Como es lógico, lo aprovechan para ligotear. El mito de la adolescencia sigue a un grupo de chavales durante 24 horas, desde la mañana del gran día hasta la mañana del día siguiente. Como referentes más obvios podríamos citar American Graffitti y Dazed and Confused. No, nada que ver con comedias del tipo de Supersalidos aunque también salgan chavales hormonando. El único problema de la peli es el regustillo conservador del guión (inocencia > promiscuidad). Bueno, eso y también el uso de ciertos clichés románticos en el desarrollo de las tramas. Sin embargo, la dirección es tan elegante que consigue que yo, al menos, no preste demasiada atención a los inconvenientes. David Robert Mitchell, el tipo que saca oro de guiones que en otras manos se convertirían en películas convencionales.

El cuento de la princesa Kaguya, de Isao Takahata

La película de animación más bonita de los últimos años (y hablo solo del aspecto visual) no es Del revés, la de Pixar, con sus diseños vulgarotes, disneyanos y parquetemáticos. La película de animación más bonita de los últimos años es El cuento de la princesa Kaguya. La coloración acuarelada no es ninguna novedad, tampoco el trazo abocetado ni las composiciones de postal, pero sí hay un elemento que al menos yo, hasta ahora, no había visto unido a los anteriores con el grado de perfección que se da en esta película: el movimiento, o mejor, la forma en que los dibujos capturan el movimiento. Yo la vi completamente embobado. La historia no es tan fascinante como los dibujos pero no aburre, a pesar del ritmo pausado y de la distancia cultural (hablamos de un cuento popular japonés), incluso puede llegar a emocionar un poco.

El mejor padre del mundo, de Bobcat Goldthwait

Humor negro negrísimo. No del simpaticote que hacen, por ejemplo, los ingleses, sino del amargo. La primera media hora incluso cuesta verla, por culpa de un personaje asqueroso con el que no cabe empatía alguna. Luego la comedia toma una vía menos incómoda y se disfruta más. No llega la sangre al río. Por suerte o por desgracia (elijan), esto no es Todd Solondzt: hay más de un personaje positivo y moraleja.


Spellbound, de Jeffrey Blitz

Fíjense en el nombre del director. Es el mismo que el de Rocket Science, comentada unos simes más arriba. Este ha sido el bimestre de rebusquemos en la filmografía de directores que hasta hace cinco minutos no conocíamos. Bueno, Spellbound sí me sonaba. Sabía que era un documental sobre esos concursos de deletreo que tanto gustan en EEUU y que los franceses están tardando en copiar (pero ellos poniendo tildes y todo). Me encantan los documentales. Me gustan tanto que no alcanzo a comprender por qué existiendo los documentales se siguen haciendo biopics. Hace años en canal plus echaron Una mente maravillosa y justo después un documental sobre John Forbes Nash. El contraste era demoledor. Hollywood y su cartón piedra. Pero a lo que íbamos. Spellbound sigue a ocho chavales desde los preparativos del concurso hasta el final. No queda muy claro si el director está a favor o en contra de este tipo de competiciones pero lo cierto es que es imposible ver el documental sin comerse las uñas. Refleja tan bien el carácter de los ocho chavales y es tan fácil entender lo que para cada uno de ellos y para su familia significaría ganar que uno sufre sabiendo que, en el mejor de los casos —es decir, si gana uno de los ocho (cosa que no está clara en ningún momento, no se confíen)— va a haber siete perdedores. O sea: un documental sobre siete (u ocho) niños frustrados. Uf. No sería mala idea hacer un programa doble con Rocket Science. Podría servir para entender mejor la intención que tenía el director con cada una de ellas. Mi teoría: Spellbound hiere, Rocket Science cura.


  • Lo que no:

Equivocado sobre Japón, de Peter Carey

El título está muy bien puesto. Peter Carey se aficiona al manga y al anime gracias a su hijo y, con la excusa de entrevistar a varios autores, organiza un viaje a Japón. Como es un intelectual empeñado en comprender la cultura japonesa, durante las entrevistas intenta calzar sus teorías acerca de los más diversos fenómenos (el gusto de los japoneses por los robots, el fenómeno otaku) pero lo único que consigue es meter la pata. Casi todos sus entrevistados le dicen que no se entera de nada, que no tiene ni idea de por dónde van los tiros. Y de eso trata el libro básicamente, de los tropezones de Carey con la barrera cultural. Lo malo es que esos tropezones no son especialmente divertidos. Son más del tipo: "Ah, pues todo ese rollo de chavales que se meten dentro de robots (Mazinger Z) creo yo que está relacionado con la búsqueda de un refugio, un espacio uterino; algo que debió quedar muy marcado en la generación que vivió durante su infancia los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial", dice (más o menos) Carey; y su entrevistado le responde, "Pues no, no tiene nada que ver, está usted equivocado, los chicos que se meten en los robots se funden con la máquina y experimentan lo mismo que esta, no es una armadura que les protege sino una segunda piel". Las entrevistas acaban siendo más interesantes por lo que dicen los autores japoneses que por las propuestas interpretativas de Carey, pero el foco nunca se aparta demasiado de las ansias de este de que le den la razón. La parte al margen de las entrevistas, lo que vendría a ser el viaje propiamente dicho, es más entretenida, aunque no se puede decir que contenga demasiada información acerca del país. Cualquier libro del tipo Un geek en Japón resulta más curioso que este. En resumen, moderadamente interesante pero claramente insuficiente.

Enfermedad social, de Paul Rudnick

En la categoría de películas que puedo ver las veces que quiera y siempre consiguen que me parta de risa, junto a otras como El sentido de la vida, Ace Ventura: Operación África, Election y Jo, qué noche, se encuentra La Familia Adams. La tradición continúa. Tiene algunas de las mejores líneas de diálogo desde las películas de los hermanos Marx (esta y esta otra). Me gusta tanto que me sé el nombre de su guionista: Paul Rudnick. Por eso cuando encontré una de sus novelas en una librería no pude hacer otra cosa que comprarla. Por desgracia no es demasiado buena. Viene a ser una comedia alocada, satírica y un poco absurda sobre la beautiful people de Manhattan en los años 80, pero no tiene demasiada gracia. Un fracaso similar al de Almodóvar con Los amantes pasajeros: chicos, no estáis siendo tan graciosos  e incisivos como pensáis. A mí solo me ha gustado el primer capítulo. La única cosa buena que puedo decir es que, a pesar de que no me estaba divirtiendo, no me ha costado demasiado terminarla. Algo es algo.

Gente en sitios, de Juan Cavestany

El primer sketch ya nos da el tono. En un restaurante el camarero pregunta a una pareja qué van a tomar. Mientras la pareja elige varios platos del menú el camarero se pone a escribir en una libretita. La pareja termina el pedido y el camarero sigue escribiendo. Acaba una hoja y sigue en la siguiente. Cuando ya ha pasado más tiempo del que cualquier persona normal necesitaría para anotar los cuatro platos, la pareja se empieza a inquietar; se miran incómodos. Fin. La mayoría de los sketches son del mismo estilo: una situación más o menos cotidiana se enrarece repentinamente por la irrupción de lo insólito (en uno de los sketches se cita a Kafka). Sobre el papel parece interesante pero el resultado no lo es tanto. Más que gratamente sorprendido, el espectador (yo) acaba frustrado.

El pasado, de Asghar Farhadi

Probablemente mi película favorita de lo que va de siglo sea Nader y Simin, una separación (ya lo había dicho aquí). De Farhadi también me gusta A propósito de Elly. Las dos tienen puntos en común: un grupo de personajes se ven afectados por un acontecimiento violento al que tratan de buscar explicación, desenmarañando una red de secretos y mentiras que permanecía oculta. Suena a thriller y sí, Farhadi usa técnicas del thriller, pero sus intenciones son más sesudas. Le interesa la verdad. En estos tiempos de relativismo, en los que la gente va a la tele a contar SU verdad, Farhadi ha llegado a decir (cito de memoria) que la verdad es aquello que una persona oculta a otra. El pasado no me ha parecido mala pero no está a la altura de las anteriores. La fórmula es parecida, también hay un secreto sobre el que pivota todo. Lo malo es que la película tarda demasiado en centrarse en la investigación de ese secreto. La primera hora y pico es demasiado dispersa. El protagonismo que cobran determinados personajes en esa primera parte resulta excesivo a la vista de los derroteros que acaba tomando la película. Hay quien le echa la culpa al hecho de que esté rodada en Francia y no en Irán. Farhadi se ha afrancesado, dicen. No seré yo quien defienda al país que ha alumbrado a Isabelle Huppert.

Regresión, de Alejandro Amenábar

Supongo que mi aviso llega tarde: Regresión es mala, muy mala, lo peor que ha hecho Amenábar hasta ahora. Ethan Hawke está insufrible. No hay forma humana de interesarse por su personaje o de albergar un solo átomo de preocupación por lo que le pueda pasar. El final es decepcionante. Decepcionante en plan: creías que en tu cumpleaños te iban a regalar ese cofre de DVDs de Hitchcock sobre el que llevabas meses echando indirectas y van y te regalan Hitchcock, la película de Anthony Hopkins. Mis palabras literales cuando acabó Regresión fueron: "¿y para esto hace la película?" Y mi acompañante estuvo de acuerdo. Nada en toda la película parece la elección más adecuada para contar lo que al final descubrimos (o suponemos) que Amenábar quería contar. Curioso, viniendo de alguien que se atrevió a decir que Hitchcock (otra vez Hitchcock) se había equivocado en Vértigo al desvelar el "truco" en medio de la película en vez de esperar al final. Pues sí, cuando Hitchcock se equivocaba hacía Vértigo, cuando Amenábar se equivoca hace Regresión (se notan la retranca y el rencor, ¿no?).

22 October 2015

Un hombre, un voto

Paso por delante de una sala de lectura municipal que suelen frecuentar los estudiantes del barrio. En la puerta hay dos chavales de no más de dieciséis años. Uno de ellos mira unos folios que tiene en la mano y le dice al otro:
—¡No! Democracia. El gobierno del pueblo es democracia.
—¡Eso! Democracia. Oligarquía es otra cosa. Oligarquía es...
Me alejo y ya no oigo el resto del diálogo. Lo primero que pienso es que están repasando para un examen. Lo segundo que se me pasa por la cabeza no tiene nada que ver con la calidad de la enseñanza en la ESO ni con el tópico juventud, divino tesoro, es una reflexión amorfa que resumida en pocas paabras se parecería a algo de este estilo:
"Pues sí, cualquiera distingue a estas alturas la democracia de la oligarquía."


No Podemos, no.

11 October 2015

Cuando lo mejor no está en el estribillo

Empezamos con un clásico. Los 38 primeros segundos podrían ser mi canción favorita de todos los tiempos o, al menos, una de las que más me reblandece por dentro (más todavía), pero llega el estribillo y, como por arte de magia, se esfuma la ídem (redundante y paradójico, sí). ¿Es cosa mía o ustedes también lo notan?


Anticlímax. ¿A quién se le ocurre hacer una canción de casi nueve minutos con esos mimbres? Nunca jamás he podido pasar del minuto 3 y hoy, por una simple cuestión de ética periodística, he hecho lo más parecido a intentar escucharla entera: ir dando saltos por la barra de progreso hasta llegar al final. Pregunto: ¿se podrá oír entera sin que las conexiones neuronales sufran algún daño? A mí me gusta mucho, mucho bastante, el primer minuto, sobre todo ese momento suspendido en la eternidad en el que empieza la percusión. Luego ya todo se vuelve demasiado ABBA para mis delicados oídos.


Clímax. No les voy a pedir que la escuchen entera, basta con que sepan que es un ejemplo resultón y gastapistas de ese revival post punk que se llegó a practicar incluso en España hace no demasiado tiempo, pero salten, por favor, al minuto 2:40 y esperen unos segundejos de nada: si lo que empieza en el minuto 3:05 no es la mejor coda de una canción de subidón que nunca van a oír en una discoteca (literal: a mí nunca me la han puesto), que venga Paco Pil y la pinche. Qué pedazo de melodía estratosférica, Dios mío.


Ahora ya pueden seguir con sus cosas.